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Gladys Olórtegui

Aquel domingo trágico

Nuestra columnista Gladys Olortegui narra pasajes de su vida y la de su familia aquella tarde del fatídico 31 de mayo de 1970 en Ancash.

Gladys Olórtegui

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Las gemelas en el lugar más seguro del mundo.

Cada 31 de mayo no puedo evitar imaginar a mamá con su barriguita albergando a dos criaturas, y enfrentando minuto a minuto los intensos movimientos que se hacían inacabables en esa tierra que adoro y añoro, Chingas, ubicada en la provincia de Antonio Raimondi en Ancash, donde tuvimos la suerte de nacer y disfrutar de una linda niñez y adolescencia.

Mamá Rosalía, siempre demostró coraje y fortaleza, cuando de enfrentar a los miedos se trataba. Así la recuerdo. Supongo que se interpuso también su afán de protección maternal aquel 31 de mayo de 1970, a las 3:23 horas de un domingo radiante, cuando nuestros paisanos huaracinos y yungainos, quienes llevaron la peor parte, se enfrentaban a la muerte, se buscaban entre los escombros llamándose a gritos para ese encuentro esperado, que muchos no pudieron hacerlo, porque la inclemente naturaleza lo dispuso así.

Indago con mi madre, ¿dónde estuvo esa tarde? ¿Cuánto sintieron el sismo, los chingasinos? Ella rememora: “Esa tarde de aquel domingo estaba sentada a la entrada de la tienda tejiendo los ropones para ustedes (las gemelas). Tenía siete meses de gestación. Tu papá jugaba casino en el mostrador. Cuando de pronto sentí un movimiento fuerte que inicialmente me hizo reparar en mi vientre, siempre lo hacían de inquietas ustedes, jugaban, hasta seguro se peleaban, pero cuando de pronto ese primer movimiento se convirtió en un remezón y tu padre corrió hacía mi para protegerme, entonces comprendimos lo que estaba sucediendo. Salimos todos a la calle frente a la Plaza de Armas, por entonces vivíamos en la casa de la Familia Villarreal”, recuerda mi madre.

Pregunto por mi hermana Rufa, indago ¿dónde estaba? ¿qué fue de ella?, mi madre me explica que ella junto a María, mi hermana, jugaban al frente, en la Plaza de Armas. “Corrimos todos a refugiarnos en ese espacio que al menos nos daba seguridad. Los movimientos eran incesantes, daba la impresión que las casas iban de un lado a otro. Nos quedamos. Amanecimos allí. Nadie se atrevía regresar a sus casas. Los movimientos no cesaban. Teníamos mucho miedo. Rezábamos”, dice mi madre, que no puede evitar derramar lágrimas. Le entiendo mamá, le digo enjugándole las lágrimas. Ahora comprendo nosotras también sentimos la tierra temblar, pero en el vientre de mamá. Soy la menos temerosa de las gemelas, cuando de temblores se trata; pero, Maritza, quizá llevó la peor parte, porque su miedo no termina, aún con el paso del tiempo.

Rufa, mi hermana mayor, tenía apenas 9 añitos, ella también recuerda con mucha tristeza cómo a pesar de la distancia del epicentro, sintieron y vivieron la tragedia del 70. Evento que no deja de recordarnos constantemente cuando recorremos el Callejón de Huaylas y está allí el Camposanto, imponente con su Cristo blanco con los brazos abiertos como recordándonos que, en su regazo, miles de amigos, familiares, hermanos y paisanos salvaron sus vidas. Pero también fue el mirador de imágenes indescriptibles para quienes desgarrados por el dolor observaban cómo los suyos se iban con los brazos en alto, entre lodos y maderas y se los tragaba la tierra inmisericordemente.

Historias que desgarran…

Y mientras dos vidas hacían notar su presencia, muchas vidas se extinguían aquel día aciago. Muchas familias quedaban en orfandad, como Cirila.

Hace muchos años realicé un reportaje televisivo en el Camposanto de Yungay. Allí la encontré a Cirila, una señora de aproximadamente 50 años de edad que vendía caldo de gallina. Nos acercamos con el pretexto de consumir ese agradable plato que apetecía, la recuerdo por el reportaje de El Comercio. La reconocí por la fotografía. Degustamos el plato e iniciamos la amena conversación que gustosa accedió a contarnos su testimonio.

Cirila vivía en Yungay, tenía dos hijos, aquel domingo estaba en casa junto a uno de sus hijos. El otro, curioseaba seguro a la entrada de aquel circo del que tanto se habla. Nos narra de cuando escuchó un fuerte sonido acompañado de un movimiento fuerte y polvareda. Entonces cuenta que cogió a su hijo y salió corriendo, y de pronto recordó que tenía dinero guardado en su casa y se disponía a regresar cuando su hijo la arrastró gritándole “¡vamos mamá, vamos! no hay tiempo para nada”. “En ese trayecto…no sé qué pasó, nos separamos…corría corría sin rumbo, sin dirección. Me topé con un gran madero, un árbol que había sido arrastrado por el lodo, allí me agarré, me quedé sin mis hijos, sin nadie”.

Hace una pausa, derrama sus lágrimas, que sin duda me contagia, no puedo evitar. Lloro junto a ella. Pero tengo que seguir entrevistándola. ¿Qué pasó luego?, pregunto. “Sólo desperté, a decir de los médicos, luego de varios días de internada en un hospital de Lima. Inicialmente no recordaba lo sucedido, pero poco a poco mi memoria, muy a mi pesar, me permitía recordar lo sucedido. Reparé de inmediato que estaba sin mis hijos, sin mi familia. El silencio del médico me dijo todo. Entonces decidí salir corriendo, no pude. Estaba delicada. Traté de recuperarme y regresé al lado de mis muertos. Y desde entonces estoy aquí, junto a ellos, todos los días”, me dice Cirila, aún acongojada por la pérdida de sus seres queridos aquel trágico domingo de mayo de 1970.

Estoy segura que esta madre ha buscado la forma de subsistir vendiendo ese riquísimo caldo de gallina que hemos disfrutado, pero el mayor pretexto, considero, como ella dice es estar junto a sus muertos. Gracias Cirila por tu testimonio.



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