Desde muy temprano, hombres, mujeres e incluso niños instalaron sus puestos para ofrecer una amplia variedad de productos a precios accesibles. En esta ocasión, la feria mostró cambios importantes: mayor orden en la distribución de los espacios y una expansión que pasó de dos a cuatro cuadras, en medio de una masiva concurrencia de familias de distintas condiciones sociales.
La llamada “cachina” no solo atrae por los bajos precios, sino también por la diversidad de artículos que se ofrecen. Ropa, calzado, herramientas, utensilios para el hogar, juguetes y equipos electrónicos de segunda mano forman parte de la oferta. Sin embargo, lo que más llama la atención de los asistentes es la posibilidad de encontrar productos que no se hallan fácilmente en tiendas comerciales ni en los centros de abasto tradicionales: repuestos, accesorios antiguos, objetos coleccionables e incluso artesanías que despiertan el interés de curiosos y compradores habituales.
La feria se ha convertido en un espacio de encuentro familiar, donde se mezcla la necesidad de los vendedores de generar ingresos con la búsqueda de los consumidores por alternativas económicas y, en muchos casos, únicas.