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En defensa del coronavirus

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José Valdivia Fernández Biólogo, titulado en la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, Ayacucho y docente en la Universidad Nacional Santiago Antúnez de Mayolo, Ancash.  

Se sabe que no tienen sexo ni muestran una capacidad reproductiva propia. En un medio inorgánico, son apenas pequeñísimos cristales de formas geométricas, lo que hace dudar a muchos que sean seres vivos, y gozan de una forma de vitalidad latente. A pesar de no ser más que un residuo de ácido nucleico encerrado en un envoltorio de proteínas pueden despertar de ese estado letárgico, proliferar con espantosa rapidez y destruir grandes extensiones de tejidos vivos, provocando una tremenda mortalidad entre las células que lo forman. Los millones de personas que mueren todos los años de gripe, viruela, sarampión, varicela, SIDA, y otras muchas enfermedades, son una dura prueba de su acción devastadora. Son los virus.

Virus, en latín, significa veneno. La palabra fue empleada para designar a estos microrganismos, invisibles con el microscopio óptico, porque se consideraban sustancias toxicas no identificadas. Son mucho más pequeños que las bacterias. Una bacteria, como ejemplo, es del tamaño de 50 millones de virus, y pueden filtrarse a través de la porcelana vitrificada, además de poder atravesar hasta el fino filtro placentario que bloquea gran parte de los gérmenes que se hallan en la sangre materna.

Los virus actúan como depredadores y como parásitos de las células, ya sea de tejidos animales, vegetales, e incluso en el reino de las bacterias. Para su proliferación es esencial que logren penetrar alguna célula. Dentro de ella, el proceso de replicación que es fulminante, hace que puedan proliferar a un ritmo tan veloz que, al cabo de 20 minutos, la célula ya no es capaz de albergar a tantos centenares de parásitos. Muere, se desintegra, liberándose los virus que se encuentran en su interior, los que a su vez van a infectar otras células. Como los virus no son células, es más acertado hablar de replicación que de reproducción para describir la producción de nuevas partículas.

Ese simple proceso conforma el mecanismo básico común a todas las enfermedades producida por virus. Pero en la práctica se observan complicaciones dentro del proceso que contribuyen a desorientar aún más a los investigadores. La replicación rápida supone una producción de generaciones   igualmente veloz. Y de una generación a la siguiente, siempre se producen mutaciones. A lo largo de muchas mutaciones, la “raza” original del virus puede haber cambiado mucho. El organismo humano puede desarrollar defensas contra una variedad determinada de virus del resfriado, por ejemplo, pero no es inmune ante la especie descendiente. Esto explica la dificultad que plantea desarrollar una vacuna eficaz contra la acción del nuevo coronavirus. La vacuna contra la viruela tiene casi 200 años, lo que prueba la lentitud con que se ha progresado en este campo.

Nuestro organismo sufre constantemente el ataque de millones de invasores invisibles, y como consecuencia de ello ha desarrollado el más extraordinario sistema de protección constituido por las siguientes barreras o líneas defensivas:

  • Primera línea: La piel y las membranas mucosas.

La piel, es el primer obstáculo para la mayoría de agentes patógenos, pero no lo es para los virus, que la atraviesan fácilmente.

Las membranas mucosas, recubren el aparato digestivo, el respiratorio y el reproductor, Sus superficies están provistas de una sustancia -el mucus- capaz de retener a los microorganismos. Unos pelos que se asemejan a pestañas vibrátiles -los cilios- y que se encuentran en la superficie de las células, expulsan hacia afuera las partículas indeseables.

  • Segunda línea. Los glóbulos blancos y los ganglios linfáticos.

En caso de que un invasor logre superar la primera secuencia de obstáculos y alcance el interior del organismo, aun se dispone de un sistema especializado en su destrucción: el sistema inmunológico. Las células de este sistema –los glóbulos blancos– no son todos iguales. Su tipo varía de acuerdo con las batallas que van a librar. Los fagocitos, por ejemplo, tienen la capacidad de engullir a los microorganismos invasores. Los linfocitos B, combaten los gérmenes invasores -llamados antígenos- fabricando grandes cantidades de sustancias químicas que contienen entre otras cosas, proteínas, que estimulan la producción de anticuerpos.

Los ganglios linfáticos, son una especie de cuarteles de los linfocitos, que tienen por función la formación de estos para impedir el avance de los invasores.

  • Tercera línea. Los anticuerpos y el interferón.

Los anticuerpos, son sustancias producidas en el organismo por un proceso espontáneo o inducido (las vacunas) y que se oponen a la acción de elementos o sustancias extrañas ingresadas al interior del organismo. Durante la vida normal de un individuo, el organismo puede enfrentarse con hasta 100 mil antígenos diferentes. Para combatir a cada uno de ellos, el cuerpo produce un número igual de anticuerpos diferentes que tiene la propiedad de neutralizar específicamente los antígenos y volverlos inofensivos. La presencia de anticuerpos inmuniza al organismo contra las infecciones. Cuando el mecanismo responsable de la formación de anticuerpos falla, el resultado puede ser una enfermedad y el individuo no puede formar anticuerpos. ¿Se puede culpar de la falla al COVID-19?

Otra esperanza de los científicos es el interferón, sustancia producida por un mecanismo de autoprotección de las células cuando se ven estimuladas por la presencia del virus. Cuando el organismo se encuentra infectado, empieza a producir interferones, y la acumulación de esta sustancia inhibe la multiplicación del virus, reduciendo sus efectos destructivos y su diseminación.

Desgraciadamente, en la mayoría de las enfermedades graves, el virus no incita a una producción suficiente de interferón, o bien dicha sustancia no ejerce una acción muy notable sobre los microorganismos. ¿Es el virus responsable de esto?

Y los nuevos coronavirus no han necesitado forzar ninguna de esas compuertas defensivas. Las han encontrado levantadas, con el terreno allanado, listo, para que puedan desarrollar sus aterrador accionar. No son responsables de ello. Tampoco de la fragilidad de nuestro sistema de defensas que no fue fortalecido para repeler el ataque que se sabía iba a llegar. Y llegó, antes de lo que esperábamos, encontrándonos inermes. La pandemia que azota a la humanidad no es problema de virus, sino de defensas.

La lucha contra el COVID-19 prosigue sin tregua. Miles de científicos del mundo libran una incansable batalla que parece no tener fin. Los progresos experimentados por la medicina y las medidas de higiene desempeñan papeles importantes en la erradicación de enfermedades. Sin embargo, nada logra superar los eficientes y complejos mecanismos de autoprotección del organismo. Contrariamente a lo que muchos creen, las vacunas no combaten a los virus. Tienen como finalidad ayudar al sistema inmunológico a producir anticuerpos.

No olvidemos que los virus, al igual que todos los seres que pueblan la Tierra, solo cumplen con la función que la naturaleza les asignó: preservar su equilibrio natural, eliminando a aquellos individuos o especies menos competitivas que no están preparadas para responder al reto de vivir en el planeta.

Tampoco olvidemos que cuando la naturaleza contrataca el hombre es una víctima indefensa. Sin embargo, no se deja vencer y crea nuevas drogas, como los antibióticos, que derrotaron las defensas de las bacterias. Pero siempre debemos tener presente que, a cada nuevo ataque del hombre, corresponde un nuevo contrataque de la naturaleza. Hay que ir preparando las defensas para no seguir “lavándonos las manos”, ni culpando de nuestras aflicciones a seres que en la lucha por la supervivencia atacan en su propia defensa. Y tienen derecho a defenderse del hombre, el virus más peligros sobre la Tierra.

 

 

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